Viernes, 24 de Noviembre de 2017
Opinión
Firmas > Salvador García Llanos
Dejación reprobable
 
Salvador García Llanos
Periodista y escritor
10 de Julio de 2017
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Ha pasado prácticamente inadvertido en el vértigo informativo cotidiano la tremenda filípica que soltó el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, a un Parlamento Europeo (PE) prácticamente vacío. Ante el considerado pleno de la institución, espetó: "El Parlamento Europeo es ridículo, muy ridículo”. Cuentan las crónicas que apenas eran treinta los eurodiputados presentes de los setecientos cincuenta y uno que componen la cámara, distribuidos entre veintiocho nacionalidades, cincuenta y cuatro de ellos españoles. Se trataba de repasar y analizar el semestre de presidencia de Malta. Se ve que interesaba muy poco, de ahí la invectiva de Juncker que aludió a un escenario sustancialmente distinto si estuvieran presentes Angela Merkel o Emmanuel Macron. Hasta que llegó el presidente del PE, Antonio Tajani, y mandó a parar, no solo afeando la que parecía ser una sincera confesión del presidente de la Comisión sino recordándole que "el Parlamento Europeo el que debe controlar a la Comisión y no al revés”. Juncker no se arredró, pidió más respeto para las presidencias (también de los países pequeños) y anunció que no volvería a convocatorias como aquella tan poco correspondida.

Discernimientos competenciales, peticiones y propósitos al margen, el caso es que una estampa episódica como la de la Eurocámara, a la que el presidente Juncker puso letra y música, posiblemente para evitar males y desprestigios mayores, debe hacer reflexionar a los representantes que la pueblan. No hace falta cargar tintas demagógicas: se supone que allí van a trabajar, a propiciar soluciones, a transar alternativas y a legislar eficazmente con vocación de mejorar las condiciones de vida de cientos de millones de habitantes de la Unión Europea (UE). Ausentarse de forma tan ostensible es escandoloso. Esa foto de las bancadas vacías es demoledora, tan apta para la crítica facilona de quienes repudian la política y convierten a sus actores poco menos que en unos aprovechados e incumplidores de sus responsabilidades y tan dada a la reprobación -no solo la populista- que lo ocurrido invita a hacer examen de ética política. Da igual que los reglamentos de los respectivos grupos parlamentarios prevean sanciones por ausencia y similares: no basta, no son suficientes para reparar el daño causado.

A menudo, los políticos de toda condición y niveles piden respeto a los ciudadanos, sobre todo cuando muchos de éstos critican abiertamente o sin mucho fundamento sus propias actuaciones. Completamente cierto que a veces se pasan con insultos o denuestos. Pero no acudir al puesto de trabajo, al honrosísimo lugar que significa la expresión de la voluntad popular, es difícilmente perdonable. La política en general no puede permitirse a estas alturas -y menos en Europa- imágenes de instituciones vacías. Una dejación tan masiva como la que nos ocupa es merecedora de reprobación. Juncker no aguantó más y lo soltó. Los europeos ni homogeneizan sus afanes ni se vertebran socialmente con inhibiciones reales como las que brindaron los eurodiputados. A estas alturas, ya deberían saber lo que duele.
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